HISTORIOGRAFÍA DEL ESTUDIO DEL MEGALITISMO.
Noticias mínimas se ofrecen sobre el Megalitismo desde los primeros concilios de la cristiandad hasta el siglo XVIII, cuando el enciclopedismo animó al estudio de las construcciones arcaicas atípicas, y en dicho estímulo diversos autores locales iniciaron la arqueología primigenia de los dólmenes.
Es en el siglo XIX, cuando eclosiona la curiosidad a causa del panceltismo (ya que dicho movimiento supone que las estructuras de piedra eran realizaciones druídicas) y de la irrupción de la arqueología en la universidad. Gran Bretaña, Francia y Alemania generaron un importante contingente de “excavadores con método”, y en un momento de pleno auge del imperialismo y de las primeras multinacionales, dichos expertos se esparcieron allí donde parecía haber una ruina interesante.
Luis Siret, ingeniero de minas belga asentado en Almería, descubrió el poblado de Los Millares, Almizaraque, Gorafe, Fonelas y varios más. Tal fue la obsesión y profundidad de sus trabajos, que vivía junto a las ruinas, al tiempo que generaba una de las primeras teorías orientalistas del origen de los megalitos, al comparar los tholoi almerienses con otros megalitos mediterráneos. Además pretendemos en Dolmenia poner en disposición del grán público algunos de sus excelentes trabajos de la primera arqueología penínsular.

Su aventurera disciplina de ingeniero con poderes y un gran ayudante, Pedro Flores (dibujos de monumentos y ajuares, así como referencias neutras), deben ser deleitadas por el gran público. Siret, y su gran obra de referencia (SIRET, LOUIS. España Prehistórica. Facta, non verba, 1891-2001. Homenaje a Luis Siret. Herederos de Luis Siret y MAN. Arráez Ediciones y Junta de Andalucía. 2001), va a servir de apoyo a muchas realidades incomprensibles sin la aportación de Don Luis. Nos ponemos a disposición de los propietarios de los derechos de reproducción para que nos hagan llegar sus reticencias en caso de que consideren que tales dibujos o referencias no deben ser publicadas. Mientras tanto, gracias por apoyar nuestra Cultura. Dichas citas o referencias se llamarán «ESPACIO SIRET» en cada página (web page) que posea interés para ello.

Los germanos Obermaier y el matrimonio Leisner irrumpieron en la Península Ibérica en la primera parte del siglo XX, topándose con estudiosos del megalitismo local, y fundiendo su trabajo en compendios fundamentales. Cartailhac fue otro de esos “locos hispanistas”, especialmente conocido por su oposición a al autenticidad de las pinturas de Altamira, y manía persecutoria a Sanz de Sautuloa, precursor de una familia de banqueros de postín, pero que en Dolmenia vamos a centrarnos en su decisivo amor odio a Luis Siret, en la primera puesta en escena internacional de La Cueva de Menga, y la puesta en valor que hizo de lo talayótico, y por ende, de mis Islas Baleares.
Leite de Vasconcellos es considerado el padre de la arqueología antigua portuguesa. En España, si hay una persona que merece ese título, ése es Bosch Gimpera. La solvencia que irradian los estudios del luso y del catalán, generaron escuelas que se mantienen hasta nuestros días.
Tras los años cincuenta, el trabajo de los expertos locales había sido arduo dado el ingente trabajo de investigación que existía. Se sabe que muchos de los padres y madres del estudio del megalitismo ibérico dejaron sus obras en el tintero ya que, por exigencias del guión, solo hubo lugar para un puñado de ellos.
En Portugal, Correia, Tavares Silva, Sonia y Vitor Oliveira Jorge, Forte de Oliveira y FENDA (Grupo de estudios alentejanos), han mantenido y mantienen el pabellón luso en las posiciones más altas.

En Galicia, tras el paso de los poetas célticos, Maciñeira, el Padre Sarmiento y López Cuevillas desarrollaron un esfuerzo que ha fraguado en un ramillete de primeras espadas: Criado, Vázquez Valera, Bello Diéguez, Fábregas, Rodriguez Casal, Carrera y Eguileta. No olvidaremos a Blas en Asturias.
El interior mesetario no posee una cantera tan extensa, pero sí hay que destacar en el Norte al Padre Morán, Osaba, Jordá, Santonja, Rojo y Delibes (los dos últimos desde la Universidad de Valladolid); y en el Sur, Mélida, Almagro Basch, Diéguez, Hurtado y Balbín, Primitiva Bueno, que recopilan estudios de Castilla La Mancha y Extremadura desde Alcalá de Henares.
En Andalucía, a Almagro, Arribas, Ferrer y Piñón hay que unir la granadina Navarrete. En el siglo XXI el gran difusor científico de los dólmenes del sur penínsular es el profesor Leonardo García-Sanjuan desde su base de la Universidad de Sevilla.
El País Vasco y Navarra tienen a Iturralde, Aranzadi y el Padre Barandarián como primeros investigadores del mundo dolménico. Apellániz, Maluquer de Motes y Elósegui culminaron la obra de los maestros. Vallespí y Barandiarán continúan el trabajo.
En el valle del Ebro, Teresa Andrés ha abordado los núcleos riojanos, aragoneses y navarros con gran extensión. Nuevas generaciones completan su impronta.
Los estudios en Cataluña viven de la estela de Bosch Gimpera en las personas de Lluís Pericot, y Maluquer de Motes (de nuevo). En los setenta y ochenta hay que destacar a Tarrus, Chinchilla y el resto de GESEART (Grupo de Estudios del Ampurdán), y terminar con Carlos Garrido, gran difusor de los restos que nos quedan de la Antigüedad.
Referecia especial voy a hacer de un divulgador de todo el megalitismo (y cualquier monumento) del arco mediterráneo, con especial relevancia en el Archipiélago Balear, y que a muchos dolménicos nos ha inoculado el conocimiento de las «grandes piedras» sin poseer gran base científica: Carlos Garrido.
Ciertamente, a cualquiera le llamaría la atención encontrar un lector que hubiese seguido con atención este capítulo tras conocer a los historiadores portugueses. Con esta relación se desea realzar la figura de unos sacrificados estudiosos que han dado y dan todo para transmitir la herencia de nuestros ancestros, al tiempo que se reconoce a tantos otros, que con su obra desconocida para el gran público, han permitido que sepamos dónde y cómo están los dólmenes que se recopilan en este libro. Vaya a todos ellos nuestro más sincero reconocimiento por ser estandartes mundiales de la arqueología.

